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SOZIAL√ĖKONOMIE.INFO

La Biblia, las Iglesias y la propiedad inmobiliaria
Roland Geitmann

Sinopsis
1. Antiguo Testamento: ‚ÄúDel Se√Īor es la tierra.‚ÄĚ (Salmo 24,1)
2. Nuevo Testamento: ‚ÄúVende lo que tienes y dalo a los pobres‚ÄĚ
3. Los Padres de la Iglesia: compartir la riqueza con los pobres
4. El derecho inmobiliario romano y el germano: estilos diferentes
5. Propiedad inmobiliaria de la Iglesia: ¬ŅUn modelo?
6. La doctrina social cat√≥lica: comprometida con la propiedad ‚Äď el compromiso social de la propiedad
7. Los protestantes
8. El A√Īo del Jubileo 2000: un encargo
Notas

Desde que el ser humano no se desplaza m√°s como n√≥mada sino que cultiva la tierra y construye casas firmes, su relaci√≥n con la tierra constituye un problema, que hasta el d√≠a de hoy y a pesar de m√ļltiples intentos no ha podido ser solucionado de manera duradera. Y eso que las exigencias b√°sicas para un orden inmobiliario adecuado y justo pueden resumirse de manera muy f√°cil: cada ser humano necesita un espacio de la tierra para vivir y trabajar, para alimentarse y movilizarse. Por ello el acceso igualitario a la tierra deberia ser reconocido como derecho humano. La tierra no fue producida por el ser humano, casi no puede ser aumentada, y se vuelve cada vez m√°s escasa con el aumento de la poblaci√≥n. Por ello debe ser empleada de manera ahorrativa. La tierra puede ser lesionada, pero no puede ser consumida ‚Äď tan s√≥lo puede ser aprovechada y utilizada. Por ello, en realidad no puede haber propiedad inmobiliaria, sino s√≥lo derechos de usufructo, pero √©stos que deben quedar asegurados y ser permanentes.
Como est√≠mulo para utilizar la tierra de manera prudente o para cederla a otras personas podr√≠an servir remuneraciones adecuadas y justas por el usufructo. √Čstas deber√≠an ser redistribuidas per c√°pita o de manera puntual para la educaci√≥n de los ni√Īos, de manera que la utilizaci√≥n media del suelo seria casi gratuita y que las familias numerosas tendr√≠an de esta manera una fuente de ingresos. La redistribuci√≥n de un impuesto inmobiliario, que recaudara de manera total la renta inmobiliaria, tendr√≠a el mismo efecto, de manera que es tan s√≥lo una cuesti√≥n de r√≥tulo si se habla de propiedad inmobiliaria (gravada impositivamente) o de un derecho (remunerado) de usufructo. De ambas maneras se logra anular la conversi√≥n de la tierra en capital, es decir, se la hace invendible en el sentido de que no se pide remuneraci√≥n por el derecho de usufructo.
A continuaci√≥n deber√° investigarse si y en qu√© medida tales ideas relacionadas con la reforma de las cuestiones inmobiliarias y derivadas de la materia misma reciben apoyo y quiz√° tambi√©n profundizaci√≥n desde la Biblia y la historia de la doctrina y la pr√°ctica eclesi√°sticas. Pues un trato responsable de la tierra, el regalo de Dios a la humanidad, es un componente esencial de toda instrucci√≥n religiosa, que luego puede trasladarse a ordenamientos jur√≠dicos. Sin embargo, aqu√≠ s√≥lo es posible bosquejar con trazos muy elementales lo que se ha sido dicho en el transcurso de los √ļltimos tres milenios a partir de la tradici√≥n jud√≠a y cristiana, c√≥mo ello influy√≥ sobre el desarrollo del ordenamiento jur√≠dico y c√≥mo fue la pr√°ctica eclesial.

1.  Antiguo Testamento: ‚ÄúDel Se√Īor es la tierra‚ÄĚ (Salmo 24,1)

Seg√ļn la tradici√≥n, el Se√Īor le prometi√≥ a Abrah√°n, el exitoso ganadero y antepasado del pueblo jud√≠o, a entregarle a √©l y a sus descendientes la tierra de Cana√°n (G√©nesis 13,15). La primera propiedad en Macpela con √°rboles y una cueva la compr√≥ Abrah√°n por 400 siclos de plata como sitio para la sepultura de la familia (G√©nesis 23). Luego del √©xodo de Egipto, el pueblo de Israel tuvo que pasar por muchas luchas sangrientas antes de tomar posesi√≥n de la tierra prometida. El libro de Josu√© narra detalladamente c√≥mo la tierra conquistada fue repartida como ‚Äúheredad‚ÄĚ entre las tribus. S√≥lo la tribu sacerdotal de los levitas no recibi√≥ heredad, pues ‚Äúel Se√Īor, Dios de Israel, es su heredad‚ÄĚ (Josu√© 13,33). En lugar de una porci√≥n de territorio propio, los levitas recibieron 48 localidades distribuidas en todo el pa√≠s, juntamente con sus ejidos para el ganado y los reba√Īos (Josu√© 14,4 y cap. 21).
Las parcelas de tierra asignadas a las distintas familias como heredad eran b√°sicamente invendibles, para evitar la acumulaci√≥n de propiedades en manos de pocas familias (1 Reyes 21,3). Pero por donaciones de tierras hechas por los reyes a empleados, oficiales y comerciantes, se formaron latifundios. Los peque√Īos campesinos se endeudaban; y luego empe√Īaban no s√≥lo sus bienes muebles, sino tambi√©n sus tierras y a s√≠ mismos, convirti√©ndose finalmente en jornaleros y esclavos. Los profetas Isa√≠as (5,8), Miqueas (2,1-2) y Am√≥s (2,6; 5,11) lamentan este desarrollo de los siglos IX y VIII; y diversas reformas sacerdotales hicieron varias arremetidas para impedirlo: a fines del siglo VIII, con la prohibici√≥n del inter√©s (√Čxodo 22,25) y con el mandato de dejar descansar la tierra el s√©ptimo a√Īo (√Čxodo 23,10-11); a fines del siglo VII, con el a√Īo sab√°tico o de remisi√≥n (Deuteronomio 15); y finalmente con la ley del a√Īo de jubileo (Lev√≠tico 25), que probablemente fue concebida a comienzos del tiempo postex√≠lico (alrededor del a√Īo 500 A. C.) por sacerdotes de la escuela del profeta Ezequiel.
Luego de siete veces siete a√Īos, deb√≠a tocarse la trompeta y proclamarse un a√Īo de jubileo. Las propiedades deb√≠an volver a las familias originales y se deb√≠an liberar a los esclavos. Con relaci√≥n al derecho inmobiliario, fueron establecidas las siguientes reglas muy concretas y coherentes:
‚ÄúEn este a√Īo de jubileo volver√©is cada uno a vuestra posesi√≥n. Cuando vend√°is algo a vuestro pr√≥jimo o compr√©is de manos de vuestro pr√≥jimo, no enga√Īe ninguno a su hermano. Conforme al n√ļmero de los a√Īos transcurridos despu√©s del jubileo comprar√°s de tu pr√≥jimo; conforme al n√ļmero de los a√Īos de cosecha te vender√° √©l a ti. Cuanto mayor sea el n√ļmero de los a√Īos [hasta el pr√≥ximo a√Īo del jubileo], aumentar√°s el precio, y cuanto menor sea el n√ļmero, disminuir√°s el precio, porque seg√ļn el n√ļmero de las cosechas te vender√° √©l‚ÄĚ (Lev√≠tico 25,13-16).
Y luego dice en el vers√≠culo 23: ‚ÄúLa tierra no se vender√° a perpetuidad, porque la tierra m√≠a es, y vosotros como forasteros y extranjeros sois para m√≠.‚ÄĚ
Los vers√≠culos siguientes de este cap√≠tulo regulan el derecho de rescate del propietario original y de su familia por el valor de las cosechas que faltan hasta el pr√≥ximo a√Īo de jubileo. En el a√Īo de jubileo la propiedad deb√≠a volver sin costo a su propietario original. Sin embargo, todo ello deb√≠a valer s√≥lo fuera de la ciudad amurallada, mientras que dentro de la ciudad se manten√≠a apenas durante un a√Īo el derecho de rescate (al precio total de compra), hasta que la propiedad pasaba de manera irrevocable al comprador. S√≥lo los levitas, o sea, los sacerdotes, pose√≠an la posibilidad de rescate sin l√≠mites de tiempo; y rescataban de esta manera en el a√Īo del jubileo tambi√©n sus casas en las ciudades.
Lamentablemente no se sabe nada con respecto a la aplicaci√≥n de estas sabias reglas. Posiblemente se refer√≠an tan s√≥lo al empe√Īo de propiedades [1]. A diferencia de la prohibici√≥n del inter√©s y del a√Īo sab√°tico, quiz√° nunca se observ√≥ el a√Īo de jubileo. Con todo, la idea del precio de rescate que se va reduciendo nos puede servir a√ļn hoy como indicaci√≥n inspiradora de que la tierra, que nos fuera prestada por Dios, no debe ser a perpetuidad una inversi√≥n de capital de tipo explotador, sino que debe ser adjudicada peri√≥dicamente a aquellos que la necesitan para su vida.

2.  Nuevo Testamento: ‚ÄúVende lo que tienes y dalo a los pobres‚ÄĚ (Mateo 19,21)

Jesucristo no desarrollo ning√ļn nuevo orden social. Por una parte, acept√≥ el orden existente (Mateo 5,17); por otra, lo sobrepas√≥ ampliamente con las exigencias que planteaba a los individuos. Invit√≥ a sus disc√≠pulos a abandonar su profesi√≥n, sus barcas, sus familias y sus casas; y a seguirle (Marcos 1,16ss; Lucas 5,11). Los envi√≥ sin nada para su viaje, sin bolsa ni reserva de alimento (Lucas 9,3; 10,4; Marcos 6,8-9). ‚ÄúNo os angusti√©is por vuestra vida, qu√© hab√©is de comer o qu√© hab√©is de beber; ni por vuestro cuerpo, qu√© hab√©is de vestir‚ÄĚ (Mateo 6,25).
Esta actitud de Jes√ļs con respecto a los bienes terrenales resulta especialmente evidente en la conversaci√≥n con el joven rico, que por cierto cumpl√≠a todos los mandamientos, pero igualmente le pregunt√≥ con preocupaci√≥n qu√© bien deb√≠a hacer para tener la vida eterna. ‚ÄúSi quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dalo a los pobres, y tendr√°s tesoro en el cielo; y ven, s√≠gueme‚ÄĚ (Mateo 19,21). El hombre joven se retir√≥ triste, porque ten√≠a muchas posesiones. Luego, dirigi√©ndose a sus disc√≠pulos, Jes√ļs dijo: ‚ÄúDif√≠cilmente entrar√° un rico en el reino de los cielos‚ÄĚ (Mateo 19,23), y subray√≥ esta frase con la conocida imagen del camello y el ojo de la aguja [2].
Jes√ļs vivi√≥ as√≠ como hablaba. No pose√≠a terreno ni casa y ni siquiera un lugar para dormir (Mateo 8,20). Si todas las personas tuvieran esta actitud, no existir√≠a problema alguno de propiedad inmobiliaria, pero tampoco habr√≠a ninguna casa para albergar a la gente. Pero Jes√ļs nos llama la atenci√≥n sobre el hecho de que necesitamos mucho menos de lo que suponemos, y que hemos de compartir lo que tenemos con los dem√°s (Mateo 5,40). No hemos de hacernos tesoros en la tierra, donde la polilla y el moho los arruinan, sino que hemos de hacernos tesoros en el cielo, ‚Äúporque donde est√© tu tesoro, all√≠ estar√° tambi√©n tu coraz√≥n‚ÄĚ (Mateo 6,21).
Esta actitud caracteriz√≥ a la manera de germen tambi√©n a la primera comunidad cristiana de Jerusal√©n, sobre la que el Libro de los Hechos de los Ap√≥stoles relata lo siguiente: ‚ÄúTodos los que hab√≠an cre√≠do estaban juntos y ten√≠an en com√ļn todas las cosas: vend√≠an sus propiedades y sus bienes y lo repart√≠an a todos seg√ļn la necesidad de cada uno‚ÄĚ (Hechos 2,44-45; v√©ase tambi√©n 4,32-37; 5). Pero ya se hizo notar una diferencia significativa con respecto a la invitaci√≥n de Jes√ļs en el sentido de que lo obtenido por la venta de las propiedades no se empleaba para cualquier pobre, sino para la propia comunidad.
En las ep√≠stolas de los ap√≥stoles se encuentran tambi√©n acusaciones ‚Äď en parte vehementes ‚Äď contra los ricos, sobre todo en la Ep√≠stola de Santiago (1,9-11; 2,1-7; 4,13-17; 5,1-6) y en la Primera Ep√≠stola a Timoteo (6,6-10.17-19). Pablo en cambio se contenta con advertencias en contra de la codicia (Romanos 1,29; 1 Corintios 5,10-11; 6,10; 2 Corintios 9,5; 1 Tesalonicenses 4,6). Aqu√≠ ya se va iniciando la interpretaci√≥n diferente de las doctrinas de Jes√ļs con respecto a la relaci√≥n con los bienes terrenales, que se volver√° a√ļn m√°s clara en el curso posterior que tomaron las cosas. Ahora bien, ni los escritos apost√≥licos ni los Evangelios contienen declaraciones espec√≠ficas referentes al orden inmobiliario.

3.  Los Padres de la Iglesia: compartir la riqueza con los pobres

Mientras que los autores de la Iglesia cristiana antigua, venerados como Padres de la Iglesia, condenaban de manera inequívoca y tenaz el cobro de intereses, la propiedad inmobiliaria constituía para ellos apenas un aspecto parcial de la problemática de la riqueza. La reducción de la esperanza en el pronto regreso de Cristo hizo necesario establecerse también como cristiano en este mundo; y por sus características helenísticas y romanas, este mundo conocía también la propiedad inmobiliaria, y en él vivían ricos y muchos pobres. La preocupación por todos los miembros de la comunidad como asimismo la preocupación creciente por las necesidades del clero hacían depender a las congregaciones cristianas de donativos, donaciones y herencias, que provenían precisamente también de los adinerados.
En esta situaci√≥n tensa se tomaron distintos rumbos. Unos siguieron la invitaci√≥n de Jes√ļs a renunciar a los bienes, y se retiraron del mundo viviendo como ermita√Īos, monjes mendicantes y en conventos. Otros se preocuparon por los pobres del mundo y construyeron organizaciones comunitarias de ayuda y de manera creciente tambi√©n un aparato eclesi√°stico, y para ambas cosas necesitaban la participaci√≥n de los ricos.
Tan s√≥lo de manera aislada se trabaj√≥ con la idea de estructurar de tal manera el ordenamiento jur√≠dico para que ni siquiera se originaran pobreza y riqueza de manera tan crasa y llamativa. A diferencia de los sabios sacerdotes jud√≠os, en el imperio romano la legislaci√≥n era una cuesti√≥n demasiado alejada tanto de Jes√ļs y los ap√≥stoles como tambi√©n de los Padres de la Iglesia como para intentar ejercer influencia sobre ella. De all√≠ que sus exhortaciones morales se dirigieran a los individuos; y que a pesar de su lenguaje claro, se las pueda interpretar de maneras tan diferentes, de modo que posteriormente se apoyaban en ellas tanto los defensores de la propiedad privada como tambi√©n sus cr√≠ticos [3].
En los dos primeros siglos, tanto la Didaj√© (el r√©gimen eclesi√°stico m√°s antiguo que se ha conservado) como tambi√©n la Ep√≠stola de Bernab√© exigen la propiedad comunitaria. Tambi√©n Ambrosio, Obispo de Mil√°n (fallecido aproximadamente en 340 en Tr√©veris), cuestion√≥ la propiedad privada y record√≥ que la tierra fue creada como propiedad com√ļn para todos. ‚ÄúPor qu√© ustedes, los ricos, se adjudican un derecho exclusivo a la propiedad?‚ÄĚ ‚ÄúNo es parte de tus bienes lo que t√ļ des al pobre; lo que le das le pertenece.‚ÄĚ [4]
Otros consideraban que la riqueza en s√≠ no es censurable, pero exig√≠an su correcto uso en favor de los dem√°s. Para Basilio Magno (331-379), Obispo de Cesarea, que personalmente vivi√≥ como asceta y entregaba a los pobres las riquezas heredadas, la riqueza era un peso que deb√≠a ser empleado de manera correcta. As√≠ como se pudre el agua de un pozo cuando no se la saca, la riqueza es in√ļtil cuando queda inactiva. ‚ÄúPero si en cambio se la mueve y si pasa de uno a otro, se convierte en algo fruct√≠fero y de beneficio com√ļn.‚ÄĚ [5] ‚ÄúCometes injusticia a tantos como a los que hubieras podido dar.‚ÄĚ [6] Basilio compar√≥ al rico avaro con alguien que ocupa un lugar en el teatro y que impide ocupar sus lugares a los que ingresan despu√©s. Contrariamente a los peces y las ovejas, que utilizan en com√ļn lo que ofrece la naturaleza, los seres humanos dividen la tierra, juntan casa a casa y campo a campo, para despojar al pr√≥jimo. Quien ama a su pr√≥jimo como a s√≠ mismo no posee m√°s que el pr√≥jimo. Basilio rechaz√≥ un derecho sucesorio natural [7].
En cambio, su hermano menor Gregorio, Obispo de Nisa, que reconocía las leyes estatales sobre la propiedad, se expresó de manera más reservada; pero también subrayó la obligación de preocuparse por los necesitados. Agustín (nacido en 354, Obispo de Hipona), también reconocía las leyes seculares sobre la propiedad y el derecho sucesorio.
Finalmente, Tom√°s de Aquino (1225-1274) justifica en su Suma teol√≥gica [8] la propiedad privada como complemento racional de la comunidad de bienes originada en la ley natural: ‚ÄúLa comunidad de bienes se atribuye a la ley natural; por cierto no en el sentido de que la ley natural dictara que todas las cosas deban ser comunes y que nada pueda poseerse como propiedad, sino en el sentido de que no existe ninguna distribuci√≥n de la propiedad seg√ļn la ley natural; y que la misma se origin√≥ m√°s bien por el consenso humano, que pertenece a la ley positiva. Por tanto, el derecho especial a la posesi√≥n no es contrario a la ley natural, sino que constituye un complemento hecho por la raz√≥n humana.‚ÄĚ
La Iglesia cat√≥lica fundamenta con esta afirmaci√≥n tambi√©n el reconocimiento de la propiedad privada de los bienes ra√≠ces. Seg√ļn Tom√°s de Aquino, cada persona tiene en todo momento el derecho inalienable a la subsistencia absolutamente necesaria [9]. De ello deber√≠a poderse deducir en realidad tambi√©n un derecho al uso de la tierra en la medida en que ello sea necesario para la alimentaci√≥n y la vivienda.

4.  El derecho inmobiliario romano y el germano: estilos diferentes

En ocasiones se afirma que la propiedad privada de bienes ra√≠ces existe en Alemania reci√©n desde que el Emperador Maximiliano introdujo en el a√Īo 1495 el derecho romano bajo la presi√≥n de la Iglesia [10]. Esta interpretaci√≥n es inexacta. Ya antes exist√≠a la propiedad inmobiliaria privada, si bien algunos siglos despu√©s de que la misma se instalara entre los romanos. En el a√Īo 1495 no ocurri√≥ ning√ļn cambio abrupto del derecho comunitario germano al poder de disposici√≥n romano absoluto por parte del individuo.
El instrumentario legal del derecho privado informa poco sobre las reales situaciones jur√≠dico-legales, pero revela mucho sobre la manera de pensar y el estilo del redactor. En su forma cl√°sica y rigurosa, el derecho romano de la temprana √©poca imperial no mencionaba muchos compromisos, escalas y formas intermedias de propiedad inmobiliaria, porque los presupon√≠a t√°citamente. Con este nivel de abstracci√≥n, el derecho romano adquiri√≥ la ventaja de claridad l√≥gica, pero por cierto representaba tan s√≥lo de manera insuficiente la realidad social [11]: derechos vecinales; servidumbre; prohibici√≥n de da√Īos; prerrogativas; obligaciones cooperativas, del derecho familiar y morales; dula; ciertos pr√©stamos; arrendamiento permanente; derecho de superficie; usufructo, etc.
Luego del efectivo derrumbe de la jurisprudencia romana cl√°sica en Occidente, el emperador bizantino Justiniano hizo recopilar en el siglo VI el derecho civil romano en el Corpus Juris, que por un lado revoc√≥ parcialmente la ‚Äúvulgarizaci√≥n‚ÄĚ transitoria; y por el otro ‚Äď en comparaci√≥n con el derecho cl√°sico ‚Äď tom√≥ m√°s en cuenta el ordenamiento inmobiliario real. Con este cambio pudo haber contribuido, adem√°s de la filosof√≠a estoica, tambi√©n la √©tica cristiana [12].
Reci√©n muchos siglos despu√©s los pueblos germ√°nicos se hallaban maduros para la recepci√≥n de esta cultura del derecho, pues una considerable diferencia de tiempo separaba a los romanos de los germanos. Cuando C√©sar someti√≥ a los galos, los germanos todav√≠a no se hab√≠an convertido en sedentarios, raz√≥n por la cual a√ļn no conoc√≠an la propiedad inmobiliaria. A fines del siglo I, T√°cito informa sobre indicios de propiedad familiar que consist√≠a en casas fijas y patios, y que se impuso en los siglos siguientes. Mientras que por mucho tiempo las aguas, los bosques y los pastos continuaron siendo propiedad com√ļn utilizada como dula por todos en conjunto, el campo se transform√≥ en propiedad privada de los agricultores con la introducci√≥n del cultivo por amelgas trienales en el siglo XIII. Al respecto, la formalidad m√°s importante era el lanzamiento del martillo: cada cual ten√≠a el derecho de separar tanta tierra del territorio para s√≠ cuanto pod√≠a lanzar el martillo [13].
Mediante donaciones de los reyes a la nobleza y al clero se originaron dominios feudales, que los terratenientes hacían explotar mediante siervos de la gleba, siervos en el sistema de servidumbre feudal o trabajadores libres a cambio de pagos en especie. Mientras que este sistema feudal se mantuvo por mucho tiempo en las zonas rurales, las ciudades se liberaron en los siglos XII y XIII del dominio de los terratenientes y constituyeron para sus ciudadanos la propiedad inmobiliaria individual.
Con ello se hab√≠a alcanzado un nivel de desarrollo que hac√≠a recomendable una compenetraci√≥n y una racionalizaci√≥n cient√≠fico-sistem√°ticas del derecho. Desde fines del siglo X, se instru√≠an los futuros juristas en la Universidad de Bolonia mediante los textos del Corpus Juris de Justiniano. Lo que se denomina recepci√≥n del derecho romano no es una adopci√≥n √ļnica de un derecho ajeno, sino una paulatina transformaci√≥n cient√≠fica del derecho y una mezcla con figuras legales romanas, llevadas a cabo por juristas instruidos en la administraci√≥n y la jurisprudencia [14]. En el a√Īo 1495 se estableci√≥ mediante un nuevo orden para la C√°mara Imperial tan s√≥lo que la mitad de los jueces deb√≠an conocer el derecho romano. Este hecho se expandi√≥ s√≥lo debido a que en los pr√≥ximos decenios los tribunales menores asumieron esta misma modalidad en cuanto a la pol√≠tica procesal y de personal.
Sin embargo, los efectos del concepto romano de propiedad sobre el estatuto inmobiliario siguieron siendo limitados, pues se conservaron los v√≠nculos familiares, feudales y se√Īoriales del derecho agrario de posesi√≥n [15]. Al constituir dominios feudales, las iglesias y los conventos no fueron afectados por este desarrollo, mientras que los juristas desplazaban al clero de la administraci√≥n y la jurisprudencia. Por ello hay pocos argumentos para sostener que la Iglesia cat√≥lica haya fomentado la recepci√≥n del derecho romano en inter√©s propio. El efecto limitado del derecho romano sobre el derecho inmobiliario se observa tambi√©n cuando se establece una comparaci√≥n con aquellos pa√≠ses como Escandinavia que no adoptaron el derecho romano, o que como Inglaterra interrumpieron prematuramente la recepci√≥n [16].

5.  Propiedad inmobiliaria de la Iglesia: ¬ŅUn modelo?

La propiedad inmobiliaria privada se evidenci√≥ como muy ventajosa para la Iglesia, y por mucho tiempo se convirti√≥ en su principal fuente de ingresos. Si en el siglo I a√ļn hab√≠an sido preponderantemente personas pobres quienes se decid√≠an por la fe cristiana, a partir del siglo II se agregaban de manera creciente tambi√©n personas ricas, que legaban a sus congregaciones juntamente con el dinero tambi√©n bienes inmuebles. La demanda financiera iba en constante crecimiento. Por el a√Īo 250, la congregaci√≥n de Roma manten√≠a alrededor de 100 cl√©rigos y 1500 necesitados [17]. En la √©poca posterior a Agust√≠n ya se necesitaban tres cuartas partes de los medios para la jerarqu√≠a y el culto [18]. Cuando en el siglo IV el cristianismo fue transformado por el Emperador Teodocio en religi√≥n estatal y la Iglesia cat√≥lica fue reconocida como persona jur√≠dica, fue posible transferir propiedades a su nombre, y no como hasta ese momento, a los miembros de la Iglesia. La preocupaci√≥n por la salvaci√≥n de sus almas inspir√≥ a muchas personas a donar o legar sus tierras a la Iglesia. A fines del siglo VII, un tercio de las tierras en Galia era propiedad de la Iglesia [19]. En el siglo VII, los Carolingios confiscaron una gran parte de estas tierras para fines estatales y militares.
Los conventos fueron favorecidos por generosas donaciones por parte de quienes ingresaban y sus familias. As√≠ por ejemplo, el Convento de Fulda, fundado en el a√Īo 744, recibi√≥ en car√°cter de donaci√≥n hasta el comienzo del siglo IX 600 grandes granjas; la propiedad del Convento abarcaba m√°s de 15.000 hub (equivalente aproximadamente a 150.000 hect√°reas). La Abad√≠a de los Benedictinos de Monte Casino abarcaba en los siglos XI y XII dos principados; 20 condados; 400 ciudades, villas y pueblos; 250 castillos; 336 granjas; 23 puertos y 1662 iglesias [20]. Muchos pa√≠ses promulgaban las llamadas leyes de amortizaci√≥n para restringir la acumulaci√≥n excesiva de bienes ra√≠ces en manos de la Iglesia. Los emperadores y reyes tambi√©n se permit√≠an regalar conventos a vasallos y a sus propios familiares.
Hacia fines de la Edad Media, la indignaci√≥n ante la enormidad de la riqueza de la Iglesia y en particular de sus propiedades se apoder√≥ de amplios c√≠rculos. La Iglesia perdi√≥ la mayor parte de sus tierras en la Edad Moderna por la toma de sus propiedades por los poderes seculares [21]. La llamada secularizaci√≥n (confiscaci√≥n) de propiedades de la Iglesia evang√©lica realizada en 1555 fue sancionada legalmente en 1648. El Emperador Jos√© II de Austria confisc√≥ 700 a 800 conventos. En el a√Īo 1773 el Papa Clemente XIV disolvi√≥ la Societas Jesu y foment√≥ con ello la incautaci√≥n de las propiedades de la orden por el estado. A solicitud de Talleyrand, ex obispo de Autun y posterior Ministro de Asuntos Exteriores, el 2.11.1789 la Asamblea Nacional Francesa declar√≥ propiedad nacional los bienes eclesi√°sticos (por un valor de cuatro mil millones de Francos) [22]. En 1798 el Pr√≠ncipe Elector de Baviera Carlos Teodoro comenz√≥ la secularizaci√≥n con aprobaci√≥n papal.
Con ello qued√≥ preparado lo que sucedi√≥ en el a√Īo 1803 por la decisi√≥n de la Diputaci√≥n Imperial, que afect√≥ tres electorados (Colonia, Maguncia y Tr√©veris), un arzobispado principesco (Salzburgo), 18 obispados principescos del Imperio, 80 abad√≠as y otros 200 conventos. Se trataba por una parte de una secularizaci√≥n del dominio y por otra, de la riqueza; las tierras de los cabildos catedralicios y de los dominios episcopales como tambi√©n de los conventos fueron adjudicadas a los nuevos soberanos. El cambio de posesi√≥n de las propiedades fue superado cuantitativamente reci√©n en el a√Īo 1945. Fueron suprimidas 720 canonj√≠as (para hijos de nobles nacidos posteriormente); y el n√ļmero de cl√©rigos regulares se redujo considerablemente. Con todo, ese desarrollo correspond√≠a a las metas de la ilustraci√≥n cat√≥lica; aunque se originaron considerables d√©ficits en materia de formaci√≥n y de pol√≠tica cultural por la disipaci√≥n de valiosas bibliotecas y obras de arte y la disoluci√≥n de universidades cat√≥licas.
En Baviera m√°s de la mitad de los campesinos cambi√≥ de se√Īor feudal, y el 65 por ciento viv√≠a ahora en dominios estatales hasta que sustituy√≥ la propiedad estatal suprema mediante el pago de dinero. Ciudadanos adinerados, nobles y campesinos adquirieron las empresas pertenecientes a los conventos, lo cual evit√≥ una dispersi√≥n dilatada de las propiedades. La supresi√≥n de los conventos como empresas llev√≥ sobre todo en el Sudoeste de Alemania a que se empobrecieran comarcas enteras. En las regiones de la margen izquierda del R√≠o Rin, dominadas por los franceses, la nacionalizaci√≥n motivada por razones fiscales de las tierras de la Iglesia y la pronta venta a pudientes provocaron la capitalizaci√≥n de los bienes ra√≠ces.
En el a√Īo 1937, las Iglesias territoriales evang√©licas de Alemania pose√≠an 444.231 hect√°reas de bienes ra√≠ces, mientras que la Iglesia cat√≥lica ten√≠a 257.046 hect√°reas. El 80 por ciento de estas propiedades era tierra arrendada y aprovechada para la agricultura [23]. En el a√Īo 1986 las corporaciones existentes en el √°mbito de la Iglesia Evang√©lica en Alemania pose√≠an en total 144.364 hect√°reas. Unas 7.000 hect√°reas constitu√≠an terrenos edificados con construcciones destinadas a fines eclesi√°sticos o sociales. 1.553 hect√°reas se hallaban entregadas en el marco del derecho de superficie para edificar. La mayor parte se aprovechaba para la agricultura (unas 100.000 hect√°reas) o consist√≠a en bosques (unas 26.000 hect√°reas), lo cual constituye 0,7 por ciento de las superficies correspondientes de la Rep√ļblica Federal de Alemania. 4.400 hect√°reas de superficie se usaban para cementerios [24]. Para los nuevos L√§nder federales (la ex Alemania Oriental) s√≥lo hay datos incompletos y aproximados: La Iglesia posee cerca de 170.000 hect√°reas de tierras aprovechadas para la agricultura y alrededor de 30.000 hect√°reas de bosques [25].
La dr√°stica reducci√≥n de la propiedad inmobiliaria de las Iglesias en los √ļltimos tres siglos pudo haber sido un desarrollo inevitable en el marco de la ilustraci√≥n y la secularizaci√≥n. Sin embargo, bajo la perspectiva de la reforma agraria la consideraci√≥n de este desarrollo no puede estar exenta de cierto pesar, pues aqu√≠ se desperdiciaron ciertas oportunidades de una transici√≥n a un orden inmobiliario justo. Por lo menos all√≠ donde las propiedades terminaron en manos de inversores de capital, se empeor√≥ la situaci√≥n inmobiliaria. La administraci√≥n de las tierras por una corporaci√≥n de derecho p√ļblico y la cesi√≥n de los derechos remunerados de usufructo bajo la modalidad de arrendamiento y de derecho de superficie para edificar corresponden en principio a aquello a lo cual se deber√≠a aspirar. En este sentido, los extensos fondos de propiedades de las Iglesias contienen realmente un modelo con futuro. Por ello hay que alentar a las Iglesias a no enajenar remanentes de sus propiedades, sino a seguir arrend√°ndolas o a cederlas en el marco del derecho de superficie para edificar. Por m√°s que la pr√°ctica eclesial del derecho de superficie para edificar necesite ser revisada en detalle, ella constituye un modelo para la manera en que deber√≠amos proceder con la propiedad inmueble, juntamente con la aplicaci√≥n comunal de este instrumento (que lamentablemente se halla en v√≠as de desaparici√≥n por razones financieras actuales) [26].
Que una entidad independiente como la Iglesia pueda ser tomada en cuenta para la administraci√≥n de la tierra lo confirman tambi√©n las indicaciones de Rudolf Steiner en su conferencia ‚ÄúLas consecuencias de la estructuraci√≥n tripartita para los bienes ra√≠ces‚ÄĚ [27]: dado que en cuanto a su origen la tierra no es una mercanc√≠a, tampoco se pueden hacer contratos sobre ella. La distribuci√≥n de la tierra con la meta del trabajo humano es, pues, una cuesti√≥n democr√°tica del estado pol√≠tico, mientras que ‚Äúel traspaso de uno a otro es una cuesti√≥n del miembro espiritual del organismo social‚ÄĚ.
Asimismo quedar√≠a cumplida la redistribuci√≥n de la renta de la tierra por la Iglesia en cuanto que √©sta realiza tareas pastorales, culturales y sociales. La conciencia de esta relaci√≥n se ha evaporado tanto a nivel de la opini√≥n p√ļblica como tambi√©n en las Iglesias mismas debido a la financiaci√≥n de las Iglesias mediante los impuestos.

6.  La doctrina social cat√≥lica: comprometida con la propiedad ‚Äď el compromiso social de la propiedad

La Declaraci√≥n de los Derechos del hombre y del ciudadano de 1789 calific√≥ en el Art. 17 la propiedad como un ‚Äúderecho inviolable y santo‚ÄĚ y la proteg√≠a contra la confiscaci√≥n. Esto se lo aseguraban unos ciudadanos a aquellos ciudadanos que pose√≠an algo. No se lo comprend√≠a como un derecho al mismo acceso a la propiedad. La cuesti√≥n social del proletariado qued√≥ sin soluci√≥n y se iba agravando a√ļn m√°s en el siglo XIX.
¬ŅPod√≠a suponerse que la Iglesia cat√≥lica iba a adherirse a las respuestas socialistas, comenzando con las utop√≠as de Tom√°s Moro y Campanella y llegando hasta la socializaci√≥n de los medios de producci√≥n propuesta por Carlos Marx? Por cierto que los misioneros jesuitas hab√≠an realizado entre 1609 y 1769 con m√°s de 140.000 personas en el Paraguay algo as√≠ como un estado social cristiano sin propiedad privada, derecho sucesorio y dinero [28], pero ello no pod√≠a transplantarse a Europa. Por lo menos hasta la fecha no cab√≠a en la tradici√≥n del pensamiento cat√≥lico considerar la posici√≥n especial de la tierra como lo hizo el movimiento de reforma agraria de Henry George (1839-1897) y de Michael Fl√ľrscheim (1844-1922). La emancipaci√≥n de la burgues√≠a en el siglo XIX se apoyaba precisamente en la propiedad privada de la tierra, ya no limitada por las obligaciones y los v√≠nculos de los terratenientes. El tiempo a√ļn no estaba maduro para una nueva limitaci√≥n de este derecho.
Asumiendo una posici√≥n intermedia entre el individualismo de los liberales y el colectivismo socialista, el Papa Le√≥n XIII lamentaba en su Enc√≠clica social ‚ÄúRerum Novarum‚ÄĚ en el a√Īo 1892 ‚Äúla acumulaci√≥n de las riquezas en manos de unos pocos y la pobreza de la inmensa mayor√≠a‚ÄĚ (N¬ļ 1). Sin embargo, se volvi√≥ de manera vehemente en contra de la exigencia socialista de supresi√≥n de la propiedad privada, lo cual perjudicar√≠a a la clase trabajadora misma, violentar√≠a a los due√Īos leg√≠timos y disolver√≠a al estado (N¬ļ 3). El objetivo del trabajador ser√≠a llegar a poseer con su salario alg√ļn tipo de propiedad personal y adquirir, p. ej., un terreno, cosa que quer√≠an impedir los socialistas. Esto ser√≠a contrario a la justicia, ‚Äúen cuanto que el poseer algo en privado como propio es un derecho dado al hombre por la naturaleza‚ÄĚ (N¬ļ 4).
Ya que a diferencia del animal el ser humano hab√≠a sido dotado de raz√≥n, los bienes terrenales no s√≥lo le habr√≠an sido dados para su uso, sino que √©l ten√≠a un derecho de posesi√≥n personal; y ello se refer√≠a no s√≥lo a las cosas que se consumen con el uso, sino tambi√©n a aquellas que contin√ļan existiendo mientras uno las usa como tambi√©n despu√©s de su uso (N¬ļ 5). El siguiente p√°rrafo deja en claro que al hablar de la raz√≥n humana, el Papa se estaba refiriendo a la aspiraci√≥n por seguridad; y s√≥lo la tierra proporciona una perspectiva segura de continuidad futura para el sustento.
El que Dios haya dado la tierra para usufructuarla a la totalidad del g√©nero humano no se opondr√≠a a la propiedad privada, pues s√≥lo por el cultivo y el cuidado la tierra brinda al ser humano lo necesario para la vida. Con ello el ser humano se adjudica la parte que √©l cultiva y trabaja (N¬ļ 7). El Papa califica de ‚Äúteor√≠as anticuadas‚ÄĚ y de ‚Äúopiniones de unos pocos en desacuerdo‚ÄĚ la aseveraci√≥n contraria que afirma que la propiedad de la tierra estar√≠a en contra de la justicia y que s√≥lo conceder√≠a el uso del suelo al individuo (N¬ļ 8). Corrobora su afirmaci√≥n bas√°ndose en el Noveno y el D√©cimo Mandamiento que ense√Īan a no codiciar la casa y el campo del pr√≥jimo. Igual que los efectos siguen a la causa que los produce, es justo que el fruto del trabajo sea la propiedad leg√≠tima de aquellos que realizaron el trabajo. En lugar de considerar si este derecho tambi√©n debiera concluir con el trabajo, el Papa Le√≥n confirm√≥ el derecho sucesorio en beneficio de la familia (N¬ļ 10). La propiedad privada tambi√©n deb√≠a conservarse intacta como est√≠mulo para el esmero y la aplicaci√≥n (N¬ļ 12, v√©ase tambi√©n N¬ļ 35). Ahora bien, el Papa Le√≥n tambi√©n exhort√≥ a un empleo justo de los bienes, no debi√©ndose renunciar a ‚Äúgastos decentes y conformes al rango‚ÄĚ (N¬ļ 19) [29].
En su Enc√≠clica ‚ÄúQuiadragesimo Anno‚ÄĚ (1931), el Papa P√≠o XI record√≥ el compromiso social de la propiedad como tambi√©n el deber del estado de determinar con precisi√≥n y de moderar los derechos de propiedad de acuerdo a la situaci√≥n social (N¬ļ 45ss). El Papa no consider√≥ espec√≠ficamente la cuesti√≥n de la tierra.
En su Enc√≠clica ‚ÄúMater et Magistra‚ÄĚ de 1961, el Papa Juan XXIII exig√≠a una mayor difusi√≥n de la propiedad privada, incluyendo la tierra. En la constituci√≥n Pastoral ‚ÄúGaudium et Spes‚ÄĚ para el Concilio Vaticano II de 1965 se plantea esta exigencia de la siguiente manera en el N¬ļ 69: ‚ÄúDios ha destinado la tierra y cuanto ella contiene al uso de todos los hombres y de todos los pueblos, de modo que los bienes creados, en una forma equitativa, deben alcanzar a todos bajo la gu√≠a de la justicia‚Ķ Por tanto, el hombre, al usarlos, no debe tener las cosas exteriores, que leg√≠timamente posee, como exclusivas suyas, sino tambi√©n considerarlas como cosas comunes, en el sentido de que deben no s√≥lo aprovecharle a √©l, sino tambi√©n a los dem√°s. Por lo dem√°s, todos los hombres tienen estricto derecho a poseer una parte suficiente de bienes para s√≠ mismos y para sus familias‚Ķ Y quien se encuentra en extrema necesidad tiene derecho a procurarse lo necesario tom√°ndolo de las riquezas de otros.‚ÄĚ
All√≠ donde se cultiven de manera insuficiente extens√≠simas posesiones rurales o donde se las reserve sin cultivo para especular con ellas, mientras que la mayor parte de la poblaci√≥n carece de tierras o posee s√≥lo superficies irrisorias para el trabajo agr√≠cola, son, pues, necesarias las reformas (N¬ļ 71).
Esto lo corrobor√≥ tambi√©n el Papa Pablo VI en su Enc√≠clica ‚ÄúPopulorum Progressio‚ÄĚ (1967, N¬ļ 22-24) como en su escrito ‚ÄúOctogesima Adveniens‚ÄĚ (1971, N¬ļ 8-12). Las tres Enc√≠clicas sociales del Papa Juan Pablo II, ‚ÄúLaborem Exercens‚ÄĚ (1981), ‚ÄúSollicitudo Rei Sociales‚ÄĚ (1987) y ‚ÄúCentesimus Annus‚ÄĚ (1991), adem√°s recordar afirmaciones anteriores (Soll. 7, 21, 22, 39, 42; Lab. 21; Cent 30-33) sobre el orden inmobiliario, casi no contienen ninguna explicaci√≥n adicional [30].

7.  Los protestantes

Los especialistas protestantes en √©tica social tambi√©n admiten la propiedad privada de la tierra. En gran parte hay coincidencia con la doctrina social cat√≥lica, sobre todo en lo que hace a la naturaleza individual a la vez que social de la propiedad [31]. A pesar de su polifon√≠a, la discusi√≥n protestante es poco fecunda con relaci√≥n a la pregunta acerca de la legitimidad de la propiedad inmobiliaria: esta pregunta fue planteada pocas veces por separado y se perdi√≥ en las √ļltimas d√©cadas en medio de la discusi√≥n sobre la participaci√≥n de los empleados en el capital productivo.
Sobre la base de su distinci√≥n entre el r√©gimen espiritual y el terrenal, Lutero reconoci√≥ la situaci√≥n social como un orden querido por Dios; y por ello no desarroll√≥ propuestas pol√≠ticas de reformas, sino que se limit√≥ a deducir del mandamiento del amor m√°ximas de √©tica individual para la relaci√≥n con la propiedad. De acuerdo a la palabra paulina ‚Äútener como si uno no tuviera nada‚ÄĚ (1 Cor 7,30), para Lutero la propiedad era un medio de realizaci√≥n del amor al pr√≥jimo. Esta renuncia a la formaci√≥n de las condiciones pol√≠ticas b√°sicas hall√≥ su m√°xima expresi√≥n en el Pietismo.
Zwinglio en cambio comprend√≠a su tarea en primer lugar en sentido pol√≠tico y social. Por ello luch√≥ contra la servidumbre, la usura y los poder√≠os monopol√≠sticos. Para √©l, la propiedad privada era un orden para la conservaci√≥n y una medida de urgencia, como consecuencia de la ca√≠da. Para lograr un nuevo orden de la propiedad mediante un cambio del modo de pensar, exhort√≥ a sus contempor√°neos: ‚ÄúNo deber√°s tener tus bienes temporales como tu propiedad; s√≥lo eres productor con relaci√≥n a los mismos‚ÄĚ [32].
Calvino tambi√©n comprend√≠a la propiedad como un feudo de Dios. Seg√ļn Calvino, todas las profesiones, incluyendo el comercio, la industria y la posesi√≥n de capital, deben servir a la edificaci√≥n de la comunidad santa. Tal como ha mostrado Max Weber [33], esta √©tica din√°mica de la profesi√≥n y la doctrina calvinista de la predestinaci√≥n han colaborado de manera substancial con el desarrollo del capitalismo, incluy√©ndose aqu√≠ tambi√©n la posibilidad de un cambio a un socialismo cristiano, lo cual se hizo visible ocasionalmente en el Puritanismo.
De los textos de las √ļltimas d√©cadas, se ha de nombrar por una parte la Declaraci√≥n p√ļblica (Denkschrift) de la Iglesia Evang√©lica en Alemania intitulada Formaci√≥n de propiedad en responsabilidad social (‚ÄěEigentumsbildung in sozialer Verantwortung‚Äú, 1962). Reclamaba una mayor difusi√≥n de la propiedad del capital productivo y exhortaba al legislador a examinar c√≥mo podr√≠a impedirse el incremento injustificado del valor de la tierra (N¬ļ 16) [34].
La Declaraci√≥n p√ļblica de la Iglesia Evang√©lica en Alemania intitulada El bien com√ļn y el ego√≠smo (‚ÄěGemeinwohl und Eigennutz‚Äú, 1991) rozaba el orden inmobiliario s√≥lo de manera vaga con algunas preguntas:
‚ÄúLos bienes de la tierra deben servir a todas las personas y a todas las criaturas. Por ello, hay l√≠mites para la disposici√≥n sobre la propiedad como para la fundamentaci√≥n de derechos propietarios. Se requiere de un cuidadoso examen para determinar en qu√© casos servir√° al bienestar de la totalidad mejor la propiedad privada y en cu√°les lo har√° m√°s bien la propiedad com√ļn. La propiedad privada fomenta la conciencia del compromiso concreto vinculado con la posesi√≥n de determinados bienes; la propiedad com√ļn subraya el hecho de que el uso de determinados bienes es vital para todas las personas. Actualmente estas preguntas se vuelven especialmente significativas en vista del aprovechamiento de entorno natural. Aqu√≠ a√ļn radican problemas, en gran parte no aclarados, relacionados con los l√≠mites de los derechos individuales. Como espacio vital natural del ser humano y de todos los seres creados, la tierra no es una propiedad de la humanidad sobre la cual se pudiera disponer de manera arbitraria. Al respecto, a√ļn deben hallarse los caminos para limitar de manera eficiente mediante la responsabilidad por el correcto empleo la libertad para el aprovechamiento de las reservas naturales de la tierra. En verdad, el principio de que la propiedad est√° sujeta a una responsabilidad social puede ser aplicado en cierta manera mediante impuestos y grav√°menes. Pero en todas partes, donde hasta el momento el medio ambiente natural ‚Äď aire, agua, tierra ‚Äď estaba a disposici√≥n del empleo libre e ilimitado, hoy resulta evidente que el empleo ilimitado e incontrolado del bien com√ļn ‚Äúmedio ambiente‚ÄĚ lleva a graves da√Īos para el ser humano y la naturaleza. El grito por una nueva conciencia de responsabilidad debe recibir a√ļn mucho m√°s atenci√≥n, a la vez que debe ser concretizado en un marco legal eficaz‚ÄĚ (N¬ļ 137).
M√°s concisa y decidida es la formulaci√≥n del documento final de la convocatoria mundial del Consejo Mundial de Iglesias relacionada con el proceso conciliar del a√Īo 1990 en Corea: ‚ÄúNos opondremos a toda pol√≠tica que trata la tierra como mera mercanc√≠a, que permite especulaciones a costa de los pobres‚Ķ Nos comprometemos a la solidaridad‚Ķ con empleados rurales y campesinos pobres, que se comprometen por una reforma agraria‚Ķ‚ÄĚ (Afirmaci√≥n VIII).

8.  El A√Īo del Jubileo 2000: un encargo

En s√≠ntesis: tanto el a√Īo de jubileo del Antiguo Testamento como el arrendamiento eclesial de la tierra y la pr√°ctica del derecho de superficie para edificar pueden suministrar sugerencias concretas para una reforma agraria. Las dem√°s afirmaciones resultaron algo imprecisas en el sentido de que el orden inmobiliario raramente aparec√≠a como un problema espec√≠fico, perdi√©ndose generalmente en la cuesti√≥n de la propiedad y siendo respondida √©sta preponderantemente en el marco de la √©tica individual. Pero incluso esto no qued√≥ sin efectos. El compromiso social de la propiedad, subrayada por las Iglesias a lo largo de todos los siglos, hall√≥ su expresi√≥n legal tanto en la Constituci√≥n de Weimar (Art. 153, P√°rrafo 3) como tambi√©n en la Constituci√≥n Alemana: ‚ÄúLa propiedad obliga. Su empleo debe servir al mismo tiempo al bien de todos‚ÄĚ (Art. 14, P√°rrafo 2).
Este principio influye sobre muchos elementos del ordenamiento jur√≠dico; en particular, sobre la aplicaci√≥n el Art√≠culo 903 del C√≥digo Civil de Alemania de cu√Īo a√ļn totalmente liberal e individual, referido a las competencias del propietario. Por cierto se han sacado s√≥lo de manera puntual e insuficiente las conclusiones de √≠ndole pol√≠tico-legal para el orden inmobiliario (p. ej., en el C√≥digo de Construcci√≥n y en las leyes de protecci√≥n de la naturaleza y de monumentos). En la democracia, cada ciudadano y cada ciudadana comparten la responsabilidad com√ļn por el desarrollo adecuado del derecho. Por ello es tan significativo el cultivo eclesi√°stico como tambi√©n escolar y educacional de una actitud √©tica b√°sica con relaci√≥n a la tierra. Es m√°s: es una condici√≥n; y este cultivo llega a fructificar si lleva a consecuencias concretas para la configuraci√≥n del ordenamiento jur√≠dico, sobre todo, porque todo desorden amenaza con corromper las actitudes. ‚ÄúEl compromiso por una mejora del orden social pertenece a aquellos servicios de cuyo cumplimiento legal debemos rendir cuenta a Dios.‚ÄĚ [35]
Hay personas que han asumido como tarea especial esta cuesti√≥n del ordenamiento, y lo hacen a partir de su postura cristiana: los Cristianos por un orden econ√≥mico justo (en alem√°n: Christen f√ľr Gerechte Wirtschaftsordnung e.V., CGW) [36] combinan ideas relacionadas con la reforma agraria (entre otros, de Silvio Gesell, 1862-1930) tanto con la sabidur√≠a de los rabinos del juda√≠smo antiguo como con los conocimientos de la econom√≠a moderna de la tierra. Muestran, p. ej., a partir del instrumento del derecho de superficie para edificar, de qu√© manera la renta de la tierra podr√≠a ser cobrada y luego redistribuida mediante un mecanismo relacionado ya sea con el derecho real o con el derecho fiscal.
Hay un motivo especial para introducir tales ideas en la discusi√≥n p√ļblica. En su Carta Apost√≥lica Tertio Milenio Adveniente de noviembre de 1994, el Papa Juan Pablo II, remitiendo al Antiguo Testamento, ha declarado A√Īo del Jubileo el a√Īo 2000, convocando a la preparaci√≥n del mismo. Las palabras y las obras de Jes√ļs son para √©l el cumplimiento de toda la tradici√≥n de los jubileos del Antiguo Testamento (N¬ļ 12). El Papa comprendi√≥ todo su pontificado como preparaci√≥n para este A√Īo del Jubileo (N¬ļ 23).
Sin embargo, a insistencia de los cardenales la fase preparatoria inmediata fue limitada a los a√Īos 1997-1999 (N¬ļ 29), ya que tem√≠an que ‚Äúque un per√≠odo m√°s largo acabar√≠a por acumular excesivos contenidos, atenuando la tensi√≥n espiritual‚ÄĚ (N¬ļ 30). En correspondencia con ello, el contenido pol√≠tico del documento resulta magro. En el p√°rrafo N¬ļ 36 por cierto se lamenta de manera general la corresponsabilidad de tantos cristianos ‚Äúen graves formas de injusticia y de marginaci√≥n social‚ÄĚ. Pero concretamente se propone apenas una ‚Äúnotable reducci√≥n de la deuda internacional‚ÄĚ (N¬ļ 51). Con ello el Papa reduce el A√Īo del Jubileo al contenido del a√Īo de remisi√≥n, que seg√ļn la prescripci√≥n del Antiguo Testamento deb√≠a celebrarse cada siete a√Īos.
No hay ninguna palabra sobre los contenidos propios del a√Īo jubilar, a saber, la liberaci√≥n de los esclavos y la devoluci√≥n de las propiedades inmobiliarias, como si estos temas ya no fueran actuales. Y vaya que son actuales. La posibilidad de adquirir la tierra hizo de ella una inversi√≥n de capital distribuida de manera muy desigual, que suministra a los adinerados ingresos que logran sin trabajo, a costa de todos los inquilinos y consumidores. De ello se desprende que convertir la tierra en algo invendible o incomerciable, mediante derechos de usufructo remunerados que luego se redistribuyan, es una tarea urgente para el A√Īo del Jubileo.
Hoy la liberaci√≥n de los esclavos significa superar la dependencia del empleado de su salario, causada por la falta de seguridad social b√°sica, por la propiedad privada de los medios de producci√≥n y por la posibilidad de adquirir negocios y empresas. Si se ofreciera dinero en pr√©stamo o para inversi√≥n a√ļn sin la expectativa de inter√©s real gracias a un seguro de circulaci√≥n (p. ej., con un impuesto sobre la solvencia), tambi√©n podr√≠a solucionarse este problema, haciendo que las empresas no pertenezcan a nadie o bien a s√≠ mismas, estando a disposici√≥n de quienes trabajen en ellas con buenas ideas y capacidades. Un amplio sistema impositivo ecol√≥gico que incluya la remuneraci√≥n por el usufructo de la tierra posibilitar√≠a una seguridad social b√°sica, que libera a las personas de la dependencia del salario, la obligaci√≥n del trabajo asalariado y la mentalidad de autoabastecimiento; haciendo a la vez que la econom√≠a llegue a cumplir su verdadero cometido: el trabajo fraternal y sororal, mancomunado y de unos para otros, por motivaciones sociales y no por miedo a no poder subsistir.
El A√Īo del Jubileo 2000 s√≥lo hallar√° su cumplimiento si se logra responder de una manera adecuada y con perspectiva de futuro estas preguntas b√°sicas del orden social, tomando en consideraci√≥n los tesoros sapienciales existentes.

Traducido del alem√°n por Prof. Dr. Ren√© Kr√ľger.

Notas

[1] As√≠ lo ve Rainer Alberts, ‚ÄěDer Kampf gegen die Schuldenkrise ‚Äď das Jobel-Jahr-Gesetz Levitikus 25‚ÄĚ, en: Der Mensch als H√ľter seiner Welt. Alttestamentliche Bibelarbeiten zu den Themen des Konziliaren Prozesses, 1990, p. 41 y 52.
[2] Lucas brinda m√°s par√°bolas sobre la relaci√≥n entre pobres y ricos, sobre todo Lucas 12,16-21; 16,19-31. V√©ase sobre ello y sobre todo este pasaje Peter Dschulnigg, ‚Äú‚ÄėEher geht ein Kamel durch ein Nadel√∂hr‚Ķ‚Äô Zur Kritik am Reichtum im Neuen Testament‚ÄĚ, en: G. Lange (Ed.), Reichtum der Kirche ‚Äď ihr Armutszeugnis, 1995, p. 61ss.
[3] V√©ase al respecto las diferentes interpretaciones p. ej. en Otto Schilling, Reichtum und Eigentum in der altkirchlichen Literatur, 1908, que descalifica como ‚Äúextremas‚ÄĚ las posturas que rechazan la propiedad privada; y por el otro lado, desde una visi√≥n socialista, Konrad Farner, Christentum und Eigentum bis Thomas von Aquin, 1947.
[4] Citado seg√ļn O. Schilling (op. cit.), p. 142.
[5] Citado seg√ļn O. Schilling (op. cit.), p. 88.
[6] Citado seg√ļn O. Schilling (op. cit.), p. 91.
[7] K. Farner (op. cit.), p. 64.
[8]  II,2 q. 66. a. 2 ad l m, citado seg√ļn Farner (op. cit.), p. 99.
[9] Suma Teol√≥gica II, II.66.7; al respecto, Franz Kl√ľber, Eigentumstheorie und Eigentumspolitik. Begr√ľndung und Gestaltung des Privateigentums nach katholischer Gesellschaftslehre, 1963, p. 96-97.
[10] Así Margrit Kennedy, Geld ohne Zinsen und Inflation, 1991, p. 146.
[11] Sobre ello véase Franz Wieacker, Vom römischen Recht, 1961, p. 187ss.
[12] Sobre ello y lo que sigue v√©ase Franco Negro, Das Eigentum. Geschichte und Zukunft ‚Äď Versuch eines √úberblicks, 1963, p. 18.
[13] F. Negro (op. cit.), p. 31.
[14] Franz Wieacker, Privatrechtsgeschichte der Neuzeit unter besonderer Ber√ľcksichtigung der deutschen Entwicklung, 1952, p. 73.
[15] F. Wieacker (op. cit.), p. 124.
[16] Sobre ello véase F. Negro (op. cit.), p. 51ss.
[17] Martin Hengel, Propiedad y riqueza en el cristianismo primitivo. Aspectos de una historia social de la Iglesia antigua. Aspectos de una historia social de la Iglesia antigua, Cristianismo y Sociedad, Bilbao, Desclée de Brouwer, 1983, p. 57.
[18] K. Farner (op. cit.), p. 49.
[19] K. Farner (op. cit.), p. 49.
[20] Lukwig Felix, Der Einfluß der Religion auf die Entwicklung des Eigenthums. Entwicklungsgeschichte des Eigentums, Tomo 3, 1899, p. 190.
[21] Sobre lo que sigue v√©ase Horst M√∂ller, F√ľrstenstaat oder B√ľrgernation. Deutschland 1763-1815, 1989, p. 575ss.
[22] F. Negro (op. cit.), p. 63.
[23] Erich Egner, art√≠culo ‚ÄúKirchliche Finanzen‚ÄĚ, en: Handw√∂rterbuch der Sozialwissenschaften, Tomo 5, 1956, p. 632 y 635.
[24] Amtsblatt der Evangelischen Kirche in Deutschland, Statistische Beilage Nr. 81, Heft 2, 15.2.1988.
[25] Seg√ļn Carta del 8.3.1996 de la Oficina de la Iglesia Evang√©lica en Alemania, Hannover.
[26] V√©ase al respecto Roland Geitmann, ‚ÄúErbbaurecht in West und Ost‚ÄĚ, en: Fragen derFreiheit, Heft 220 (1993), p. 12ss; y Heft 224 (1993), p. 17ss.
[27] Del 16.6.1920, en: D. Spitta (Ed.), Soziale Frage und Anthroposophie, 1985, p. 175 y 188.
[28] F. Negro (op. cit.), p. 47ss.
[29] Todos estos argumentos fueron refutados detenidamente por Henry George en su escrito ‚ÄúZur Erl√∂sung aus socialer Noth. Offener Brief an Seine Heiligkeit Papst Leo XIII‚ÄĚ (1893).
[30] V√©ase al respecto Roland Geitmann, ‚ÄúMoraltheologische Orientierung zur Wirtschaftsordnung ‚Äď Die drei Sozialenzykliken von Papst Johannes Paul II‚ÄĚ, en: Zeitschrift f√ľr Sozial√∂konomie, Heft 94 (1992), p. 17ss. M√°s reflexiones (sobre los derechos de usufructo de la tierra, el impuesto al aumento del valor de la tierra, el impuesto inmobiliario progresivo) se encuentran, p. ej., en Walter Kerber SJ, ‚ÄúSozialethische Erw√§gungen zur Frage des Eigentums an Grund und Boden‚ÄĚ, en: F. Henrich y W. Kerber (Ed.), Eigentum und Bodenrecht. Materialien und Stellungnahmen, 1972, p. 9.
[31] V√©ase al respecto F. Kl√ľber (op. cit.), p. 146ss; Gerhard Breidenstein, Das Eigentum und seine Verteilung. Eine sozialwissenschaftliche und evangelisch-sozialethische Untersuchung zum Eigentum und zur sozialen Gerechtigkeit, 1968, p. 169ss.
[32] Citado seg√ļn F. Kl√ľber (op. cit.), p. 157.
[33] La √©tica protestante y el ‚Äúesp√≠ritu‚ÄĚ del capitalismo, 1904-05.
[34] M√°s claro a√ļn se expresa Eberhard M√ľller en su comentario sobre esta cuesti√≥n hablando de ‚ÄúGanancias monopol√≠sticas de los que especulan con terrenos‚ÄĚ, en: Eigentumsbildung in sozialer Verantwortung. Der Text der Denkschrift des Rates der Evangelischen Kirche in Deutschland, erl√§utert von Eberhardt M√ľller, 1962, s. 66.
[35] N¬ļ 30 de la Declaraci√≥n p√ļblica de la Iglesia Evang√©lica en Alemania, indicada en la nota 34.
[36] Oficina: Gartenstra√üe 28, D-76770 Hatzenb√ľhl, Alemania; el autor es su Primer Presidente.

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